El hijo del ministro. Rompió con el legado familiar, abandonó el Derecho y se convirtió en chef: “Me encantaría cocinar para Milei”

Fuente: La Nación – Felipe Cuneo Libarona, el hijo del ministro de Justicia de la Nación, habla de su pasión por la cocina y cómo su familia llegó a aceptar su vocación.

Cuando egresó del Colegio del Salvador decidió seguir la tradición familiar y estudiar Derecho. Felipe Cuneo Libarona (32) al igual que su abuelo y su padre pensó que estaba destinado a convertirse en abogado. Pertenece a una tradicional familia de letrados penalistas: es el segundo hijo del ministro de Justicia de la Nación, Mariano Cúneo Libarona. Sin embargo, un pálpito lo llevó a cambiar su rumbo. Viajó a España, participó de un reality de cocina y hoy, dueño de un estilo singular, asesora a los hoteles y sorprende con sus platos a los turistas de Chapadmalal, el destino moda de la Costa Atlántica y, en la temporada invernal, en San Martín de los Andes.

Para elaborar sus platos, Felipe apuesta a los productos de temporada y de cercanías.
Para elaborar sus platos, Felipe apuesta a los productos de temporada y de cercanías.

-Felipe, imagino que viniendo de una familia de abogados no debe haber sido fácil dejar el Derecho para convertirte en chef.

-Nada fácil. Estudié Derecho un año y medio y, al mismo tiempo, trabajé en Tribunales. Pero tenía dudas… Al primero que le conté de que iba a seguir mi vocación, que era la gastronomía, fue a mi viejo. Él fue políticamente correcto con su respuesta, no sé si le gustó pero me dio su apoyo. El más difícil fue mi abuelo, que me contestó: “¿Y qué vas a hacer ahora? ¿Bife de chorizo con papas fritas?”

-¿Qué le respondiste?

-Fue muy severo, pero yo ya lo tenía decidido. Así que le respondí que sí, que iba a hacer bife de chorizo con papas fritas, pero que iba a hacer el mejor bife de chorizo con papas fritas del mundo. Mi decisión lo molestó mucho. Con los años, mi abuelo terminó por entenderme y aceptarme. Se puso muy contento cuando vio que me estaba yendo bien y que le ponía mucha pasión a lo que hacía. Yo era muy cercano a él, se llamaba Mariano, como mi papá, era de Concordia, Entre Ríos, y vino a Buenos Aires a los 30 y pico. Tuvo una vida de mucho esfuerzo. Falleció en la pandemia, a los 103 años. Era un fenómeno.

Una postal de la infancia, tomada durante las vacaciones: Felipe y su hermano Mariano disfrutan de la compañía de sus abuelos paternos, Mariano y Ana María "Popy" Davél.
Una postal de la infancia, tomada durante las vacaciones: Felipe y su hermano Mariano disfrutan de la compañía de sus abuelos paternos, Mariano y Ana María «Popy» Davél.Gentileza
Retrato familiar: María Gloria Marolda, Felipe, Agustina, Mariano (hijo), Victoria y Mariano (padre) y Mariano (abuelo) Cuneo Libarona
Retrato familiar: María Gloria Marolda, Felipe, Agustina, Mariano (hijo), Victoria y Mariano (padre) y Mariano (abuelo) Cuneo LibaronaGentileza

-Decís que tu padre fue “políticamente correcto”. ¿Cuál fue su reacción?

-Siempre fue muy exigente conmigo, pero me dijo que haga mi camino y que lo haga lo mejor que pueda. Él me inculcó valores importantes como la constancia, el esfuerzo, el sacrificio y estoy agradecido.

-¿Siempre te gustó la gastronomía?

-Desde chico me encantaba, pero siempre lo veía más como un hobbie, más que nada por el legado familiar que tenía. En la Facultad y en el trabajo me iba bien, pero cuando empecé a cursar las materias más importantes, como Derecho Penal, me di cuenta que no era lo que quería para mí. Comencé a estudiar en el Instituto Argentino de Gastronomía y entré a trabajar en Croque Madame, un restaurante de comida francesa y después viajé a España.

Hace cuatro veranos que Felipe trabaja en Chapadmalal durante la temporada
Hace cuatro veranos que Felipe trabaja en Chapadmalal durante la temporada
Además de la cocina, Felipe tiene otra pasión: el surf
Además de la cocina, Felipe tiene otra pasión: el surf

En España, Felipe fue chef de Ganbara, un restaurante que se encuentra en San Sebastián. “Allá tuve el honor le preparé un plato a Juan María Arzak, uno de los mejores chef del mundo, que tiene tres estrellas Michelin. Fue increíble, no lo podía creer”, cuenta. Luego, Felipe regresó al país y trabajó en Bariloche y en San Martín de los Andes. También hizo su paso por Costa Rica y Uruguay. “En Punta del Este, trabajé en ‘No me olvides’, un restaurante de Nicolás Palacios, el hijastro de Franco Macri, donde siempre venían políticos y famosos como Claudio Caniggia, Karina Jelinek… Era muy divertido. Cada vez que iba a hacer temporada allá volvía con una historia”, dice.

-Tuviste también un paso fugaz por la televisión.

-(ríe) Después de haber estudiado gastronomía durante 10 años, participé en un reality, El gran premio de la cocina, en Canal 13. Fue una experiencia muy buena, porque entiendo que el cocinero tiene que saber salir de la cocina y ponerse frente a una cámara.

A finales de 2020, Felipe participó en "El gran premio de la cocina" el primer reality culinario en tiempo real del país, emitido por Canal 13
A finales de 2020, Felipe participó en «El gran premio de la cocina» el primer reality culinario en tiempo real del país, emitido por Canal 13

-En tus redes usás el concepto “cocina nómada”, ¿de qué se trata?

-Trato de usar productos de temporada y de cercanías. Con productores conocidos en cada lugar. Se trata de eso, de saber captar los mejores productos de todo el país.

-¿Cuál es tu especialidad?

-Las paellas y también hago una hamburguesa con pan de medialuna que es furor. Yo la hice en Cocineros Argentinos el año pasado y al día siguiente vendimos como 200 hamburguesas. Lleva queso, panceta, doble carne y una una masa de medialuna que es agridulce.

Felipe y sus "burger luna", hamburguesa en pan de media luna
Felipe y sus «burger luna», hamburguesa en pan de media luna
Felipe junto a su abuelo, Mariano Cuneo Libarona, a quien le costó hacerse la idea de que su nieto se convirtiera en chef
Felipe junto a su abuelo, Mariano Cuneo Libarona, a quien le costó hacerse la idea de que su nieto se convirtiera en chefGentileza

-¿Cómo es trabajar en una cocina? Las películas lo reflejan como un mundo difícil, muy competitivo, de mucha exigencia.

-Creo que el rigor de la cocina lo aprendés trabajando. Claro que muchas veces a niveles de locura y de trabajo muy intenso, pero hoy es un esfuerzo que la gente valora, el disfrutar de un buen plato.

Desde hace cuatro años, Felipe Cúneo Libarona pasa las temporadas de verano en Chapadmalal, en la cocina de en un alojamiento al que van los amantes del surf. “Ahí se cocina mucho pescado: besugo, palometa, pescadilla, abadejo…”, resume.

El resto del año, en la ciudad de Buenos Aires, asesora hoteles y cocina en eventos privados. “Armé la carta, formé el equipo y desarrollé el concepto del restaurante del hotel SLS de Puerto Madero. También trabajé en los costos de la cocina. Fue un desafío enorme. En junio voy a armar la propuesta gastronómica de otro hotel, del mismo dueño, un francés, que va a abrir en La Boca. Como chef privado cocino en eventos de empresas y para particulares. Muchas veces me toca viajar. Dentro de poco me voy a instalar durante dos semanas en San Martín de los Andes para cocinarle a unos norteamericanos que están haciendo turismo. Después voy a viajar a los Estados Unidos para enseñarle al chef personal de una argentina cómo cocinamos acá… a ella no le gusta como su cocinero le prepara los platos locales”, cuenta.

Felipe cocinando en Bariloche
Felipe cocinando en Bariloche

-Una argentina que vive en los Estados Unidos… ¿Es conocida?

-(risas) Sí, pero no puedo decir su nombre.

-Como tu padre, ¿tenés también esa parte mediática?

-Un poco sí. Siempre que cocino lo hago con cámaras. Me gusta. En eventos privados cocino para jugadores de fútbol y también políticos como Horacio Rodríguez Larreta.

Felipe como chef en eventos privados cocina para personalidades del mundo del espectáculo, deporte y la política. En la imagen, junto a exjefe de gobierno de la Ciudad, Horacio Rodríguez Larreta
Felipe como chef en eventos privados cocina para personalidades del mundo del espectáculo, deporte y la política. En la imagen, junto a exjefe de gobierno de la Ciudad, Horacio Rodríguez Larreta

-Al presidente Javier Milei, ¿ya le cocinaste?

-Todavía no, pero me encantaría. Ya va a llegar. Le haría una paella.

-En tu casa sos “el cocinero designado” o en casa de herrero…

-Siempre alguna cosita les hago. Mi viejo me pide mucho que le haga risotto.

-Ahora que pasó el tiempo, ¿sentís que tu padre está orgulloso del camino que elegiste?

-Sí, yo creo que sí. Y yo también estoy orgulloso de él. Muchos familiares se sorprendieron de la decisión que tomó, de integrar el gabinete de Javier Milei como ministro de Justicia de la Nación, pero yo no. Conociendo a mi padre como lo conozco, sabía que en algún momento se iba a meter en política. Conozco el motor que tiene para ir hacia adelante y encarar nuevos desafíos. ¿Si me afecta? Nooo… para nada, creo que hay que aprovecharlo.

Felipe Cuneo Libarona. Chef personal.
Felipe Cuneo Libarona. Chef personal.

Creó una de las cocinas más originales de Buenos Aires y ahora se dedica a abrir restaurantes para otros

Fuente: Clarín – Leo Lanussol (40) fue uno de los dueños de Proper, que impulsó los platitos y la propuesta de autor con fuegos. Ex coequiper y amigo de Narda Lepes, cuenta cómo gestó un negocio gastronómico nuevo.

Un restaurante como un hijo. Que nace, crece y luego tiene que seguir su camino. Leo Lanussol habla de los restaurantes que abrió en el último tiempo, y la analogía suena obvia. El, que creó uno de los lugares más originales y disruptivos de Buenos Aires, uno de esos que estarán en los libros que se escriban en el futuro de la gastronomía porteña, se dedica ahora a inaugurar para otros. Un experto en aperturas.

Lanussol no es es una de esas caras conocidas de la tele, pero sí estuvo muchos años en ella: durante ocho años trabajó junto a Narda Lepes, a quien define como su amiga, de quien era su asistente en El Gourmet y con quien hizo infinidad de proyectos y viajes. Y es un nombre que tiene peso propio: fue uno de los creadores de Proper, el ya mítico restaurante que supo estar en un taller mecánico en Palermo y que cerró en pandemia, pero que antes innovó con una cocina de autor basada en los fuegos y en los platitos, concepto que ahora se expandió por todas partes.

“No puedo más de los platitos, traeme un plato de tres kilos de ñoquis con cinco albóndigas grandes”, bromea sobre la tendencia que impusieron con su ex socio, Augusto Mayer.

Ahora, el chef se reinventó con una empresa que, asegura, no tiene otra similar en Argentina: lo contratan para armar restaurantes. Hizo aperturas en el interior de nuestro país, pero también en Europa, Estados Unidos y Sudáfrica y acaba de inaugurar hace unos meses Nika Club Omakase, un nuevo restaurante de cocina japonesa premium en Palermo.

El amigo de Narda

Lanussol era un adolescente al que le gustaba la música. El punk, especialmente. Tenía una banda. Y su padre siempre le reclamaba que había que estudiar o estudiar. Que tuviera un título. “Lo voy a joder”, dice que se dijo, antes de anotarse en la escuela de gastronomía de Gato Dumas para buscar ese título. Pero la carrera era “carísima”. A Leo no le alcanzaba para la cuota. Así que vio uno de los papelitos pegados en la cartelera del instituto, y se fue a El Preferido de Palermo. El viejo Preferido, no el que ahora es cool y recomendado Michelin.

“Buscaban bachero y ayudante de cocina. Me presenté con el Gallego Arturo. Me dio trabajo y en dos años aprendí las bases de la cocina. Cómo hacer una buena tortilla, un buen apanado de pescado… Mis compañeros trabajaban uno en el Four Seasons, otro en Olsen, me decían ‘Con Germán Martitegui estamos haciendo una galletita de jengibre’, y yo no salía del ajo, perejil y huevo duro”, recuerda.

El entusiasta Leo quería aprender otra cosa y empezó a tirar currículums. Llegó a Dashi, uno de los restaurantes referentes del sushi en la Argentina. “Me ponen un pescado y me piden que lo corte. ‘No lo sé cortar, pero quiero aprender’, les dije. ‘Me encanta tu sinceridad’”, fue la respuesta. Lo tomaron. Con Pablo Nohara y Edgardo Kuda, aprendió la disciplina japonesa. “Ah, ¿querés aprender? ¿Y encima sos guachín, caradura? Vení para acá”, recuerda sobre esa formación que agradece. Trabajaba los siete días: de lunes a viernes en Dashi y los domingos sacando el servicio en el Gran Bar Danzón, otro bar mítico porteño.

Un mediodía estaba en la barra preparando sushi, cuando un cliente habitual se le puso a hablar. “Le acabo de traer unos cuchillos a mi hija”, le dijo.

“Debe ser la hija de un millo que tiene unos cuchillos espectaculares y ni los usa”, pensó.

Pero la hija era Narda Lepes, que ya era una figura de El Gourmet. “Llamala”, le insistió el cliente.

Se fue a un teléfono público y marcó el número de la cocinera.Colegas y amigos. Lanussol trabajó durante ocho años con Narda Lepes. Foto Gentileza NessColegas y amigos. Lanussol trabajó durante ocho años con Narda Lepes. Foto Gentileza Ness

Ella le ofreció trabajar en eventos. El le dijo que no, porque necesitaba un sueldo fijo. “Cuando vaya a comer te conozco”, lo animó Narda.

Al mes, una noche, Lepes apareció en el Danzón. “Che, estás en todos lados”, bromeó. Intercambiaron mails. “Con los japoneses nos fuimos a abrir un restaurante de sushi en Costa Rica –recapitula Lanussol de lo que podría ser el germen de lo que hace hoy–. Estuve un año. Cuando volví tenía 22 y dije ‘Yo quiero esto, quiero seguir viajando’, y la llamé a Narda”.

La cocinera hizo el puente con uno de los grandes chefs de la cocina latinoamericana, el brasileño Alex Atala.

Estuvo un año trabajando con él en San Pablo. A la vuelta, Narda lo recomendó “con un pibe que la está rompiendo toda”. Era Lele Cristóbal, creador del Café San Juan. “Matcheé. Somos del palo del skate, del rock”, apunta.Lanussol con Alex Atala, uno de los mejores chefs brasileños. Foto Gentileza NessLanussol con Alex Atala, uno de los mejores chefs brasileños. Foto Gentileza Ness

Trabajó dos años en con Lele mientras Narda lo llamaba para hacer eventos. Viajó a Perú, a Estados Unidos. Hasta que la chef le propuso ser su asistente. Juntos desarrollaron infinidad de proyectos: eventos, programas de TV, viajes, libros… Hizo pasantías en grandes lugares, como el neoyorquino Frankies Spuntino y el catalán El Celler de Can Roca. No paró. Hasta que Mariano Dabbang, otro de los cocineros que trabajaba con Lepes, abrió su Gran Dabbang y Lanussol se dio cuenta de que tener un restaurante propio no era imposible.

Le avisó a Narda con un año de anticipación. El día que se despidieron, lloraron juntos. Hoy son amigos íntimos.

Lanussol tenía 32 años y “abrí con dos pesos un restaurante», cuenta. Fue Proper. No quiere repasar los detalles de su cierre: sólo habla de desavenencias con su socio, de un propietario que en plena pandemia quiso cobrarles un alquiler leonino por ese lugar que cinco años antes era un taller mecánico, y de una experiencia que le costó un divorcio.En Barcelona, haciendo la apertura de Florería Atlántico. Foto Gentileza NessEn Barcelona, haciendo la apertura de Florería Atlántico. Foto Gentileza Ness

Se encontró, el que siempre había tenido un montón de trabajo, con “la primera vez que no tenía nada”.

Lo tomó con calma. Hasta que recibió un mail de alguien que quería poner un restaurante. “Ah, seguro debe ser un cheto que iba a Proper”, volvió a pensar mal. Era uno de los socios de Tartine Bakery, la panadería de Chad Robertson en San Francisco que puso de moda la masa madre: buscaban abrir un restaurante de fuegos con una impronta argentina.

Fue el inicio del cambio.

Las cocinas de los otros

Se fue a Estados Unidos con una visa de trabajo. Se tiró a la pileta y vio que “no estaba tan mal” y que había “un montón de cosas para hacer”. Las hubo: lo llamaron para hacer un cambio de carta en una reserva cerca de Johannesburgo, en Sudáfrica, otro en el restaurante italiano Carboni’s en París…

“Me empecé a dar cuenta de que había muchos empresarios con ganas de tener su restaurante que conquistan a un chico joven para que sea su jefe de cocina. Pero entre los dos no tienen mucha idea de cómo hacer un restaurante, definir su estética, su identidad. Me dije ‘Che, hay un vacío acá’”, analiza.

Así nació Ness, su empresa, un homenaje fonético a bandas que ama como los Ramones y Madness.

Lo llamó Tato Giovannoni para hacer la carta de Brasero Atlántico en Río de Janeiro y de Florería Atlántico en Barcelona, Alex Atala para hacer un evento en Italia, abrió la cocina de Sony en Madrid, acá se hizo cargo de la cocina del lodge Explora en El Chaltén (que tiene en otras locaciones como asesores a chefs del renombre de Virgilio Martínez y Rodolfo Guzman), abrió Vini, el bar de vinos de Lucky Sosto, y aggiornó la carta de Casa del Visitante de la bodega de Santa Julia, fue armando un equipo de casi diez personas en el que hay cocineros, pasteleros, sommeliers.

“Fui a la escuela técnica. Sé soldar, sé de arquitectura, Proper lo hice yo. Así que cuando me junto con un arquitecto, sé de alturas, de planos, de qué estamos hablando”, describe su trabajo integral hoy.Lanussol, supervisando la obra del espacio de Núñez donde próximamente abrirá su propio restaurante. Foto Gentileza idea-fija.comLanussol, supervisando la obra del espacio de Núñez donde próximamente abrirá su propio restaurante. Foto Gentileza idea-fija.com

El proyecto que lo trajo ahora a Buenos Aires llegó de la mano de los Babasónicos, de quienes es amigo. Roberto Costas, el dueño de Pop Art, estaba queriendo abrir un restaurante japonés en el primer piso de su productora. “Me volví loco”, dice Lanussol, y resalta lo importante que fue para él volver a lo japonés, a las técnicas que había aprendido casi en sus comienzos en la cocina.

En Nika pensó un restaurante sustentable, zero waste, con una cocina baja en sodio y en azúcar, donde Fabián Masuda es el sushiman, y para el que pudieron conseguir directamente desde Japón el mejor equipamiento: desde las tablas de sushi hasta unos cestos de basura especiales nipones.

Vuelta a sus inicios. La cocina japonesa, ahora con el sushiman Fabián Masuda en Nika Club Omakase. Foto Gentileza NikaVuelta a sus inicios. La cocina japonesa, ahora con el sushiman Fabián Masuda en Nika Club Omakase. Foto Gentileza Nika

“Siempre me engancho con los lugares. Soy medio exigente, pero muy motivador, y eso se transmite a los equipos. Te demanda mucho tiempo, pero yo me comprometo, voy a tomar una birra con los pibes después para generar ambiente. Creo que soy como un sesionista –compara con la música, su otra pasión–. Me llaman para hacer Nika, pum, me pongo el chip japonés. Casa del Visitante, todo regional. Tengo esa cintura para cambiar de chip”.

En Nika se quedará trabajando en principio seis meses más. Entiende que los proyectos “son hijos que van creciendo y van mutando” y afirma que “siempre quiero estar en un lugar para sumar”. Mientras, está delineando también su propia apertura, que se llamará Ness, como su empresa. “Encontré un local en Núñez. Sin ser egocéntrico, quiero cambiar la forma de comer”, desliza. Y promete: “Va a ser primitivo: leña, carbón. Disruptivo”. Una vez más.

Cautivó a Suiza con sus empanadas, pero volvió al país para cumplir un sueño y la Guía Michelin lo sorprendió

Fuente: TN – Agustín Brañas nació en Buenos Aires, pero emigró a Gstaad para vivir “en un cuento de hadas” y cocinarles a magnates, aristócratas y miembros de la realeza que vacacionaban alrededor de las mejores pistas de esquí. Tras varios años, regresó para apostar a la Argentina y logró en menos de un año que su restaurante tenga un lugar en la lista de recomendaciones más importantes del mundo.

Gstaad es desde hace décadas una de las ciudades más lujosas de Europa. Magnates, aristócratas, miembros de la realeza y hasta las celebridades más top del mundo se refugian en sus encantadores refugios alpinos para disfrutar cada invierno de las mejores pistas de esquí de Suiza. Pero, además de sus cientos de kilómetros para esquiar, esta región cuenta, por supuesto, con hotelería y gastronomía imbatible.

Argentinos hay en todos lados y en los Alpes suizos no podían faltar. Agustín Brañas, es un chef que supo cómo deslumbrar durante años cocinando al asador y, sobre todo, las empanadas que enloquecían a los miles de turistas que hacían temporada en Suiza. Sin embargo, decidió junto a su esposa dar un giro de 180° para cumplir un sueño, volver a Buenos Aires y abrir las puertas de su propio restaurante.

Tras el éxito en Suiza, Agustín Brañas cumplió el sueño de abrir su propio restaurante y ser distinguido por la Guia Michelin. (Foto: Instagram/@agustinbranaschef)
Tras el éxito en Suiza, Agustín Brañas cumplió el sueño de abrir su propio restaurante y ser distinguido por la Guia Michelin. (Foto: Instagram/@agustinbranaschef)

La verdad que esta es mi Patria. Siempre fue un desafío abrir un restaurante en Buenos Aires al que le fui esquivando, pero llegó el momento en el que me parecía que había que hacerlo. Fue una cosa muy sentida, muy de corazón, muy… Una búsqueda, creo que Benedetta es una búsqueda de una mezcla de muchas gastronomías que venimos haciendo hace muchos años en diferentes lugares”, cuenta a TN el chef argentino sobre el nuevo camino que inició hace poco más de un año y que logró una distinción de la Guía Michelin.

Emprender el desafío de volver al país no fue fácil porque Agustín volvió no solo con su pareja sino también con -por entonces- sustres hijos. “Gstaad la verdad que es como un cuento de hadas, en invierno con sus 3, 4 o 5 metros de nieve que por las noches brilla a la luz de la luna, mientras que en verano está llena de flores y colores”, asegura.

Aunque reconoce que, fuera de temporada, se convierte en un “pueblo fantasma” con 15 grados bajo cero y dónde solo quedan abiertos un restaurante y un supermercado. Todo eso, sumado a que es una región con la mayoría de habitantes alemanes y, que comparado con los argentinos, son más cerrados y fríos. “Fueron tres años lindísimos, los chicos aprendieron mucho y la experiencia de ver cómo funciona todo como un reloj fue alucinante. Pero, también yo estaba todo el día trabajando y a ellos se les hacía duro”, menciona.

Durante su estadía en Suiza, Brañas estuvo al frente del Chubut Food and Fire y supo cautivar a sus clientes con un típico plato argentino: las empanadas. “Siempre desde el día uno fue lo más vendido y las vegetarianas de acelga con queso suizo eran el hit. La empanada argentina ha traspasado fronteras y reconocían que era de nuestro país como el asado, el vino o Messi y Maradona”, explicó y agregó que junto a su equipo de cocina hacían desde la masa con grasa hasta los distintos rellenos.

La disciplina, las recetas y la experiencia de cocinar con colegas de otras nacionalidades lo llevó a no solo lograr el éxito en Europa, sino también a traerlo a Buenos Aires. Después de más de un año y medio de trabajo puertas adentro, Agustín y su esposa, Violeta, decidieron cumplir el sueño de abrir su propio restaurante. Situado en la esquina de Demaria y Sinclair, ella ocupándose de la estética y él de las hornallas.

Desde el helado que los hace distintos al reconocimiento de la Guía Michelin

En su restaurante, Agustín Brañas ofrece pastas, pizzas, mariscos y carnes, pero también se destaca por los helados caseros que él hace desde hace 15 años y que distribuye en 27 lodges de pesca que van desde Argentina hasta las Bahamas.

A fines del año pasado, Benedetta se ganó un lugar en la lista de recomendaciones para Buenos Aires de la Guía Michelin y en tan solo dos meses, sus reservas se dispararon: “Estamos recibiendo muchísimo turismo. Yo creo que todo el que pasa por Buenos Aires debería pasar por acá y probar nuestra gastronomía que está inspirada en la cocina argentina”.

Además, Brañas reconoció la importancia de “apostar al país” y de tomar el riesgo de hacer lo que se proponga. “Fue una alegría, una palmada en la espalda. Un ‘es por acá’. Es una gran alegría y un lindo reconocimiento a los que venimos peleando y remando hace muchísimos años por nuestra gastronomía”, aseguró.

Finalmente, también destacó que, si bien lograron ganarse un reconocimiento deseado por muchos, son conscientes de que siempre hay trabajo por hacer: “Siempre digo que lo más difícil no es llegar. Generalmente, si se llega, lo complicado es mantenerse, con lo cual el plan de ahora es ese. Exigirnos e ir por más”.

Pablo Ranea: el chef que lleva la gastronomía mendocina a lugares emblemáticos del mundo

Fuente: Diario Uno – Se define como «chef nómade».Es sommelier y pasa buena parte del año viajando para ofrecer sus «pop up dinners» a comensales asiáticos, europeos y americanos.

El vino, para Pablo Ranea, es la columna vertebral de la nueva gastronomía mendocina. Y es por lo que el turismo internacional se ve atraído ya que no lo encuentra en ningún otra parte del mundo. Lo dice él, voz autorizada que lleva la alta cocina mendocina a lugares icónicos del mundo a través de su original propuesta de «pop up dinners».

Este reconocido chef nómade de 50 años, tiene casi 30 de trayectoria en el ámbito gastronómico, ha estado al frente de las cocinas de Azafrán y hace 10 años se recibió de sommelier ya que en su arte gastronómico no puede faltar el vino, siempre lo marida con sus exclusivos platos que ofrece a comensales en cualquier rincón del planeta.

Fue durante su paso por Azafrán que Pablo Ranea comenzó a desarrollar un ciclo de cenas exclusivas abriendo las puertas de su hogar en Mendoza para un grupo selecto de comensales locales y turistas que visitaban la provincia. Con el correr de los viajes y los años, el chef robusteció esta innovadora propuesta y hoy es un modelo de negocio con el que recorre países como Estados Unidos, Canadá, República Dominicana y Perú, además de ciudades asiáticas y europeas.

Los «pop up dinners» de Pablo Ranea son un punto de encuentro para quienes disfrutan el vino argentino, la buena comida y están abiertos a descubrir nuevos sabores.

Para Ranea hay una nueva gastronomía mendocina cuya columna vertebral es el vino.

Para Ranea hay una nueva gastronomía mendocina cuya columna vertebral es el vino.

Gentileza Pablo Ranea

Nacido en San Juan pero criado en Mendoza, la mayor parte de su familia se encuentra en Mendoza, San Juan y Buenos Aires. «No es fácil estar viajando casi todo el año, uno extraña la familia, mis sobrinos que son como mis hijos», confiesa.

Sin embargo, este modo de vida como chef nómade lo enriquece y apasiona cada día más. «En cada experiencia que realizo por el mundo me voy nutriendo, aprendo constantemente, y eso es lo que me empuja a seguir cultivando esta comunidad gastronómica por el mundo. Es lo que más me gusta», reconoce quien se muestra como una persona inquieta ya que, además de gastronómico y sommelier, está a punto de terminar la carrera de maestro heladero en Buenos Aires.

El momento de la reinvención en la cocina local

Orgulloso de haber obtenido una visa especial que otorga Estados Unidos a personas excepcionales, con algún talento, que le permite trabajar y moverse libremente por ese país. «Estamos enfocados en el mercado americano, haciendo también acciones para muchas bodegas», revela Pablo Ranea.

Y cuenta que «este año me toca estar en Mendoza, asomando a la Vendimia que es una época que me encanta estar acá; cada estadía, sobre en vendimia, aprovecho no sólo para cocinar sino también para visitar enólogos, estar en contacto con las bodegas e ir armando la selección de las etiquetas que nos van a acompañar en nuestra gira pop up», cuenta quien el 1 de marzo comienza un nuevo tour que lo llevará casi todo el año a cocinar y maridar vinos para gente de todo Estados Unidos, de norte a sur y de este a oeste, Canadá, Perú, «y tenemos una gira por China para el segundo semestre», agrega.

A Ranea le sorprende la explosión gastronómica en Mendoza, «está a un nivel muy alto, sobre todo en el último año ha crecido muchísimo; es un sueño para uno como cocinero, es súper emocionante», expresa y asegura: «El producto mendocino en la gastronomía se está luciendo más que nunca». «El producto mendocino en la gastronomía se está luciendo más que nunca».

En este contexto, ve que aparecen reinterpretaciones de platos típicos de la región, como el tomaticán. «Por ejemplo, en uno de sus pasos, Sebastián Weigandt en su menú con una estrella Michelin en Azafrán hace lucir el tomaticán donde aplica todas las técnicas a los ingredientes y los reúne adentro de una cáscara de huevo», describe el chef que ve en esta «fantástica» iniciativa la posibilidad de que el público descubra de otro modo la historia de la gastronomía local.

Y en esa línea, el experto destaca que recetas ancestrales de nuestra tierra se aplican a platos del mundo, revitalizándolas, dándoles una nueva vida. Lo que sí advierte Pablo es «el desafío del servicio» porque «el mundo ya ha puesto el ojo en Mendoza, ahora hay que mantener la calidad, su consistencia, y que se siga trabajando por más estrellas Michelin, por ejemplo».

-¿Cuándo despertó en vos la pasión por la cocina, sobre todo la gastronomía de tu tierra? Viene de infancia?

-Desde chico siempre me gustó cocinar, me encantaba cocinar para amigos. Pero, a diferencia de la mayoría de los cocineros, no vengo de un modelo de mamá, papá o abuela que cocinaban increíble. Mi mamá hacía de mamá y papá a la vez, éramos tres hermanos, ella trabajaba todo el día y cocinaba rico pero muy poco. Así que no tenía de quién aprender en la familia. Cuando llegué a tomarme en serio la carrera de cocina, de grande, empecé a trabajar en un restorán de Palermo Hollywood, de la mano de Rodrigo Toso. Ahí descubrí, porque él me mostró, todo lo que es la nueva cocina argentina. Y me encantó.

Ser chef nómade, ¿se hace o se nace?

-¿En qué momento decidiste emprender el viaje de la cocina y convertirte en un chef nómade?

-No lo busqué. Siempre me gustó viajar y descubrí que la gastronomía, con algunas herramientas como saber idiomas, me abriría muchas puertas. Ser chef nómade se fue dando de manera espontánea. Se fue dando solo, un poco también por la carrera que hice, por mis primeros trabajos en el Caribe y en España. Luego, cuando estuve en Azafrán conocí mucha gente de afuera, sobre todo en nuestro restorán a puertas cerradas. Entonces, gente que había conocido o que había vivido la experiencia del restorán a puertas cerradas, después querían reproducir la misma experiencia en sus lugares de origen, para sus amigos. Se fue dando un «de boca en boca» que hace que cada año esta comunidad foodie que nos sigue vaya creciendo. Así es como ahora paso de 8 a 10 meses al año viajando.

Uno de los pop up dinners que Ranea brindó en la ciudad gastronómica de Asheville, Carolina del Norte, Estados Unidos.

Uno de los pop up dinners que Ranea brindó en la ciudad gastronómica de Asheville, Carolina del Norte, Estados Unidos.

Gentileza Pablo Ranea

-¿Cuáles ingredientes no deben faltar en tu cocina, trabajes en cualquier parte del mundo?

-Es difícil la respuesta porque hay tantos y tantos ingredientes con los que me gusta cocinar que es difícil seleccionar. Siempre trato de viajar con un poquito de los que voy descubriendo en todos los lugares que visito, como también de ingredientes propios de Argentina. Siempre viajo con algún dulce de leche o dulce de membrillo, o algún aceite de oliva; todo depende del menú que voy a realizar. También llevo alguna pasta de ají amarillo de Perú o de rocoto, por ejemplo, o ingredientes de otros lugares que me encanta compartir en donde no se pueden conseguir tan fácilmente. Quizás esto vaya en contra un poco de la huella de carbono, pero tiene que ver con trasladar experiencias y hacerles llegar sabores a personas de otras partes del mundo.

Del pop up dinner al «collabs» en la gastronomía mundial

-¿Podrías definirme el pop up dinners? ¿Cómo surgió esta idea?

-El concepto de pop up, de por sí, tiene una variable de tiempo y de espacio. Empecé con este concepto en el 2008 más o menos que inicié estas cenas nómades que eran una novedad en esa época. Se venían experimentando los restoranes a puertas cerradas que eran como una aventura para los comensales. Y después surgieron estas cenas nómades donde se comunica a último momento dónde se van a realizar. Siempre en un entorno justificado, con un por qué hacer la cena nómade allí, que ese lugar aporte algo a la experiencia. Hoy son cada vez más conocidos los pop up dinners, es un concepto que se ha instalado en la comunidad gastronómica. Dentro del pop up, se dan mucho los «collabs», que es cuando un chef visita a otro chef de otro restorán y por un día montan un menú único y particular, ya sea del chef visitante o lo crean entre los dos. Pertenece a una nueva generación joven de cocineros que se ha formado con mucha información pero a la vez parcial, y que entonces necesita cambios que se da a través de estas intervenciones de «collabs», que tienen lugar no sólo en restoranes de alta gama sino también en restoranes callejeros o de otros estándars.

La costa de Virginia, en San Francisco, Estados Unidos, también es un lugar habitual de Ranea para desplegar su maridaje del vino con la cocina.

La costa de Virginia, en San Francisco, Estados Unidos, también es un lugar habitual de Ranea para desplegar su maridaje del vino con la cocina.

-¿Alguna anécdota para contar acerca de cocinar para tantas culturas diferentes con identidad mendocina?

-Hago cenas nómades itinerantes, son experiencias únicas donde contamos historias sobre la gastronomía latinoamericana, sobre todo argentina y mendocina. Lo hacemos a través de una columna vertebral que son los vinos, presentamos distintos vinos argentinos, sobre todo mendocinos, claro. Hemos llevado esta propuesta a grandes capitales del mundo, como Hong Kong, Nueva York, San Francisco, París o Houston. Pero también nos ha tocado cocinar en algún pueblito perdido al norte de Canadá o en el interior de China, donde la barrera del idioma era importante, no había un inglés universal para comunicarse; prácticamente nos comunicábamos por un lenguaje de señas que era en sí un lenguaje de sabores, de ingredientes. Fue un desafío enorme enseñar de este modo las recetas y los sabores de Argentina y de mi tierra a culturas lejanas a la nuestra y que no están ancladas en las grandes capitales. Terminan siendo las más interesantes y exitosas experiencias que hemos tenido.

Las estrellas Michelin para Mendoza que desnudan una falencia

-¿Qué opinión te merecen las estrellas Michelin que obtuvieron restoranes locales?

-La llegada de las estrellas Michelin a Mendoza es un aporte enorme, que beneficia no sólo a los restoranes sino a toda la gente que trabaja en ellos de manera directa o indirecta. Transforma a Mendoza en un polo gastronómico que genera una atracción a distintos chef que quieran venir a abrir sus restoranes en Mendoza para estar en la mirada de esta guía. Ahora bien, también veo que Mendoza obtuvo cero Bib Gourmand, son una distinción que da la Guía Michelin a restoranes que se destacan por propuestas gastronómicas de calidad a precios razonables. En Buenos Aires sí destacaron a varios, pero en Mendoza a ninguno. Esto significa que tenemos que trabajar mucho más en la región para tener propuestas accesibles a la mayoría de la población.

-¿Cuánto hay aún para explotar en el enoturismo y esto de combinar la gastronomía con el mundo del vino?

-A diferencia de las otras capitales del vino, Mendoza ha desarrollado una gastronomía en bodegas que no lo vemos en ninguna otra parte del mundo. Hay lugares, como en California, donde por leyes comerciales las bodegas no pueden tener un restorán adentro, acá sí se puede. Y es más, acá desde principios de los años 2000 la mayoría se planifica con restoranes. Esto hace que se desarrolle una gastronomía especialmente diseñada para el maridaje, en función del vino. Dentro de la gastronomía argentina, Mendoza ha desarrollado una gastronomía particular que es la gastronomía del vino. Desde el principio que hoy los chef se forman aquí bajo ese concepto del maridaje, teniendo que diseñar menús para acompañar líneas de vino. Esto creo que también es lo que ha impactado a la gente de la Guía Michelin y lo que atrae al turismo internacional.

-¿El maridaje es para expertos o cómo volverlo popular?

-En Mendoza estamos inmersos en la cultura del vino y en la gastronomía del vino. Muchas veces no nos damos cuenta y el maridaje se va dando, no sólo de manera técnica sino también de forma espontánea. Muchas veces nos juntamos con amigos y alguien trae un vinito que le parece que es especial para esa cena o almuerzo, porque es un regalo especial o porque cree que será conveniente para tomarlo con esa comida. Ahí se va dando un maridaje social. Quizás no nos estamos dando cuenta pero somos afortunados como cultura donde todos conocemos a algún bodeguero, todos tenemos acceso a algún vino y no sólo por ir a comprar a una vinoteca. Estamos sumergidos en esta cultura, entonces no hace falta ser un experto. Uno va disfrutando de manera casi espontánea la combinación de la cocina con el vino. Esto no es fácil que se dé fuera de Mendoza. Por eso es que hay que desmistificar un poco y agradecer el privilegio que tenemos de vivir en una sociedad del vino.

El chef que volvió a su pueblo para fundar la primera escuela gastronómica de Calamuchita

Fuente: La Voz – “No se trata de cocinar para Instagram”, dispara el cocinero y docente Sergio Martini (51), fundador de Egma, la escuela gastronómica pionera en el Valle de Calamuchita. Y lo afirma en pleno monopolio de las redes sociales.

Sergio detalla que las proporciones, los nutrientes, el orden y la limpieza de la cocina y el vínculo con los productores son ingredientes esenciales que trascienden la imagen de una foto venerada.

La influencia del buen comer en su infancia, con mucho dulce de los frutales del patio y manufactura de campo sin intermediarios, le ayudó a decidir –a los 12– que quería dedicarse a la cocina. Cuando era casi un niño, ya daba clases de economía doméstica y a los 18, al terminar el secundario (ahí sí, en tiempos sin redes sociales), tardó seis meses en encontrar la dirección de la escuela gastronómica en la que estudiaría.

A Alicia Berger la había conocido en la televisión de los años ′90, con pocos canales de TV, cuando desplegaba su arte en Utilísima. Quedó cautivado cuando presentó a un alumno: ahí quería ir. Pero un comisionista decidió no anotarlo en la clase que la cocinera daría en Córdoba porque era “demasiado cara” y del programa nunca le respondieron cada vez que llamó. Así y todo, llegó.

“Podría no haber llegado nunca; creo que la experiencia fue hasta metafísica, porque después que me enteré de que existía, tardé seis meses en encontrar la dirección, bajé 10 kilos del estrés”, recuerda de cuando tenía apenas 18. Los recuerdos se entremezclan en uno de los ambientes de su propia escuela, con un mapa argentino en el que se detallan las regiones gastronómicas.

Su primer viaje desde Santa Rosa de Calamuchita hasta Buenos Aires fue en colectivo y para estudiar gastronomía, finalmente, en la Escuela Superior de Cocina. Allí absorbió sin pausa las enseñanzas de Alicia y de su compañero Maurice Lacharme, un tres estrellas Michelin. Hoy confiesa que recién mucho tiempo después tomó dimensión de la excelencia en el mundo culinario que representaba aprender con un portador de ese reconocimiento.

Tuvo el privilegio de formarse en un “muy alto estándar de cocina”. Algo que, en ese momento, era complicado hasta en Europa.

Sergio Martini en su escuela de gastronomía en Santa Rosa de Calamuchita. (La Voz)
Sergio Martini en su escuela de gastronomía en Santa Rosa de Calamuchita. (La Voz)

Su idea de regresar de inmediato a Calamuchita se fue diluyendo. Continuó capacitándose, y siguió de viaje, por la costa argentina, y luego por México, por Bolivia y por Uruguay, siempre vinculado con la gastronomía y la parte académica.

Pero regresó a Calamuchita a los 30 para reflotar un emprendimiento y fundar una escuela en su ciudad.

Locura gastronómica

“Estás loco”, le dijeron cuando decidió abrir una escuela gastronómica en Santa Rosa de Calamuchita, replicando la experiencia que ya había tenido en Río Cuarto y en Tucumán. “Un poco de razón tenían”, sonríe, mirando hacia atrás. Y lo hizo, sin demasiado estudio de mercado.

En estos 20 años, el espacio se convirtió en referencia y formador de muchos de los cocineros y cocineras del mercado laboral. Pasaron cientos de alumnos por Egma (Escuela Gastronómica del Mediterráneo Argentino), que lidera junto con su hermana Lorena. Tienen entre 70 y 100 alumnos y más de 25 personas trabajan en distintos roles. Desde los inicios, asisten alumnos desde los 6 años.

Sergio desmitifica que sólo logran el éxito quienes se transforman en comandantes de cocinas de grandes hoteles o de grandes restaurantes. Y cita un caso exitoso: la de una alumna que gestiona su cocina hogareña en modo profesional, tanto para las compras como para los platos con los que agasaja a sus invitados. O el pibe que logró aprender a cocinar de forma económica y variada mientras estudia en Córdoba.

El blanco en cada espacio, la limpieza, el orden que declama Sergio, se expande por cada rincón de su escuela. En tres islas, toman nota, cortan frutas y escuchan atentos una clase de tecnologías. El espacio también tiene asador, un jardín con vegetales y aromáticas. Estantes con mijo, sal de vino, harina de coca y decenas de productos. Todo lo que se exhibe, desde ingredientes hasta vajilla o maquinaria, está para que los estudiantes utilicen y se inspiren.

“Si tengo que definir mi cocina, es una cocina simple. Y ahí radica la complejidad”, analiza.

Escuela de vanguardia

En su recorrido gastronómico por distintas culturas, Sergio advirtió la necesidad de entrenar diferentes habilidades del oficio gastronómico, a diferencia de otras propuestas que ofrecen replicar formatos y recetas.

“Básicamente trabajamos en el proceso, con la materia prima empiezan a visibilizar la conexión que hace falta entre los productores y los cocineros, que están desvinculados”, dice, y remarca que en Calamuchita hay productores de calidad: lácteos, espumantes, gin y mucho más, lo que enriquece la preparación.

“De ahí pasan a una segunda etapa, que es el diseño de los platos; trabajamos mucho con la cantidad de comida que se pone en el plato para tener criterio, sacar un costo y conocer cuánta materia prima hay que comprar”, enumera. Evitando desperdiciar y descartar alimentos. A diferencia de otras propuestas, no les entregan a los alumnos los materiales ya preparados, sino que ellos deben decidir y formar criterio, lo que complejiza el proceso para la institución.

En modo escuela. La escuela de gastronomía de Sergio Martini en Calamuchita. (La Voz)
En modo escuela. La escuela de gastronomía de Sergio Martini en Calamuchita. (La Voz)

A su vez, destaca el entrenamiento en técnica gastronómica para reflexionar e introducir cambios y no repetir una receta de memoria. “A alguien que se educa de una manera muy estructurada no se le ocurre, por ejemplo, que puede modificar la manteca por aceite, la leche por leche de almendras”, grafica.

El permitido a equivocarse es otra bandera que exhibe, con la mirada del error como parte del proceso creativo.

“Hace tiempo que esto dejó de ser una escuela de recetas para pasar a ser una escuela de entrenamiento”, apunta.

Agenda puertas afuera

Para Martini, para mejorar la cocina como fortaleza turística, hay que instalar dos ejes: empezar a hablar de la “industria del servicio, como concepto” y de “la cocina de la cocina”, muchas veces invisibilizada.

Y vuelve a la figura del Instagram: “La gente piensa que los cocineros son magos, tanto el público como los empresarios creen que pueden dar respuesta a casi cualquier cosa”. Y en realidad, hay todo un andamiaje por detrás.

Para mejorar la cocina en ciudades turísticas, lo primero que aconseja es ordenar y limpiar. Después, comenzar a hablar de identidades y de otras cuestiones. “No nos quedemos en la superficialidad; lo más importante para el cocinero es comprender el proceso que lo llevó hasta ahí”, concluye.

Nuevos proyectos

Martini lanzó en sociedad con Gastón Torre, en Villa General Belgrano, un novedoso proyecto de viandas gourmet, frescas y congeladas, y una propuesta de salón de eventos, con servicio formado en la Egma. Transformaron y reperfilaron para eso un antiguo restaurante.

Dice que están aplicando el paradigma que pregona: “Que cualquier proyecto gastronómico puedan darse en un lugar impecable, con trabajadores contentos y sin que se desperdicie comida”.

Quién es el salteño que trabaja en el mejor restaurante del mundo: “Después del verano la idea era estudiar derecho”

Fuente: La Nación – No estaba en su mente que la cocina fuera parte tan importante de su vida, pero las carreras elegidas nunca fueren tan motivantes como el mundo gastronómico

Aunque su abuelo tuvo por poco tiempo un restaurante y su madre vendió tortas entre las que se destacaba su mousse de limón, esa pizca gastronómica lentamente guio a Bernabé, criado en Salta capital, hacia los hornillos. A los 18 años, las intenciones profesionales del joven le llevaron por el camino del diseño de imagen y sonido en la UBA, carrera que dejó para seguir, luego los pasos de su padre en la abogacía. Pero, al mudarse a Buenos Aires, empezó a preparar guisos para sus amigos, de onda, y la cocina le empezó a llamar la atención.

Hoy, este salteño trabaja para el grupo peruano de restaurantes cuyo buque insignia es Central, nombrado el mejor restaurante del mundo 2023 por los World’s 50 Best Restaurants: Bernabé Simón Padrós, el protagonista en cuestión, es cocinero corporativo de ese grupo y, además, es la mano derecha de Pía León, la chef y co-socia de Central que lidera su propio establecimiento Kjolle, también reconocida en el ranking de los 50 mejores restaurantes de América Latina con el séptimo lugar.

Con su equipo, puliendo detalles
Con su equipo, puliendo detalles
"Cuando decidí entrar en Central no había lugar, pero insistí
«Cuando decidí entrar en Central no había lugar, pero insistí

Cocinar como hobby

“Ya había dejado de estudiar en la UBA, y después de ese verano la idea era estudiar derecho”, cuenta Bernabé, que hoy tiene 30 años. “Me encantaba cocinar para mis amigos en Buenos Aires y la cocina iba tomando un poco más de terreno— además salía a comer y probar todo lo que podía. Escuchando un poco más mis gustos empecé a estudiar cocina en el IAG y como no era una carga horaria muy grande, me permitía seguir ‘estudiando’ derecho. Poco a poco sentí que el hobby se comía al derecho, y estudiando me terminé de enganchar”.

Después de pasar por unos laburos en el país, se fue a Bilbao en España y a las dos semanas de estar en una cocina ya sabía que el camino venía por ahí. Haciendo pasantías en el País Vasco conoció a otro cocinero argentino, Nicanor Vieyra.

En Central, el restaurant ganador
En Central, el restaurant ganadorLEANDRO MARTINS/LMfotografia

“Pegamos buena onda por la complicidad de ser argentinos y pasamos muchos de nuestros días libres dando vueltas”, dice Bernabé. “Estando en España, Nicanor recibió una llamada para volver a Central para ocupar una jefatura cuando volviéramos de Bilbao. Él partió a Lima y yo decidí ir a la escuela a ver si había otra posibilidad de prácticas– y salió la chance del (ya cerrado) Astrid y Gastón en Buenos Aires. Nico me terminó de convencer de que la agarrara en lugar de ir a otro lado. Astrid y Gastón era todo lo contrario a lo que había hecho en Bilbao, comida diferente, restaurantes diferentes, estilos, mercados y mundos diferentes. Mi muy acotado conocimiento de lo que era la cocina peruana en Buenos Aires me encantaba y creo que la sumatoria de todas esas cosas me hizo decantarme por el IAG”.

“Cuando llegué a Astrid y Gastón, flasheé pero mal. Estándares increíbles, mucho pero mucho laburo, gente muy capacitada y hacíamos cosas que para mi en ese momento eran de otro planeta. Cuanto más pasaba el tiempo, más me gustaba, y Nicanor siempre me decía que me fuera a Central con ellos – pero yo estaba feliz ahí”.

Y se fue a Perú

Con el tiempo se fue cambiando la dinámica en el IAG – “muchos de los compañeros que tenía se empezaron a ir y simplemente no sentía que fuera lo mismo. Me fui un mes a La Mar Cebichería en Lima pero la necesidad de un laburo era bastante grande. Le dije a Nicanor de ir a Central pero me dijo que no había lugar. Me faltaba una semana para tener que volver a Argentina y lo convencí – así fue que entré a probar por un mes”.

Bernabé Simón Padrós, el salteño que se apasionó con la gastronomía
Bernabé Simón Padrós, el salteño que se apasionó con la gastronomía

En la prueba le fue bien y el chef y co-socio de Central, Virgilio Martínez, le ofreció quedarse: Bernabé aceptó. Fue el 2017 y ahí se armó una triada fuerte entre Nicanor y otro joven cocinero, el venezolano Santiago Fernández (hoy Nicanor encabeza Olluco en Moscú mientras Santiago es el predilecto de Tokio luego de ganar dos estrellas Michelin para el restaurante Maz). Cuando se acercó la fecha de la mudanza de Central, del barrio de Miraflores a Barranco, además de abrir un segundo establecimiento liderado por Pía León, a los seis meses, Pía y Virgilio preguntaron qué quería hacer el equipó, si irse al nuevísimo Kjolle o quedarse en Central.

“Yo elegí Kjolle porque sentí que se asemejaba más al tipo de comida que me gustaba a mi, pero quedó ahí”, recuerda Bernabé. “Y al final de un viaje a Macao con Pía y Virgilio unos meses después, que más tarde me enteraría que había sido una prueba, Pía me dijo que quería que estuviera a cargo de Kjolle con ella y ahí arrancamos”.

Liderar el mundo

Hoy, Bernabé es cocinero corporativo del grupo y el segundo en Kjolle. Antes estuvo más pegado a los hornillos pero su vida ya tomó una vuelta. Es bien movida – cociné en México, Dubai o Japón en un solo mes, viajando en equipo con Pía y los otros cocineros.

“Mi día a día hoy es muy diferente a lo que era”, cuenta Bernabé. “Hoy llego y paseo por los restaurantes viendo cómo están todos, pero no me meto tanto en la operación típica a la hora de la producción. Normalmente me junto con Pía en las mañanas para ponernos al día, ver cómo vamos o si hay que hacer algo para viajes, eventos, asesorías, temas a resolver con la gente de la oficina o lo que fuera. Siempre hay cosas nuevas para hacer, y no estar muy quieto me mantiene activo, contento y alerta”.

En junio del año pasado, Central ganó el premio del mejor restaurante del mundo otorgado por los votantes de los World’s 50 Best Restaurants, y Bernabé estuvo en Valencia para esperar el emocionante resultado con el equipo.

“Haber quedado número uno fue super lindo porque es un reconocimiento enorme a lo que venimos haciendo hace muchos, muchos años y, tanto Virgilio como todos en este equipo se merecían algo cómo esto. El festejo en sí fue muy divertido: lo celebrábamos esa noche en Valencia, entre nosotros, con gente que nos apoyó siempre y que estaban.

Parte del equipo de Kjolle
Parte del equipo de Kjolle

“Al día siguiente estuvimos un poco más con los pies en la tierra. Comimos todos juntos y se sintió una sensación de trabajo cumplido pero al mismo tiempo sentimos que era el principio de algo nuevo, que recién empezaba, y muy rápidamente volvimos al mindset de siempre. Y más en lo personal haber podido compartir este festejo con Nicanor y Santiago, fue increíble porque fue muy duro cuando se fueron y verlos juntos de nuevo para algo tan lindo mejor”.

Del 2024 no tiene dudas, con más expectativas y con la cabeza puesta en los proyectos nuevos con el equipo, asegura: “Va a ser un gran año, para los restaurantes y para todos nosotros. En lo personal, sigo sintiéndome parte de un grupo humano genial que me sigue desafiando a llegar a lugares donde nunca creí que iba a poder ocupar y mientras eso siga así, acá voy a estar, muy contento, como los últimos seis años”.

Y seguramente no le va a faltar una empanadita salteña tampoco: “Como estoy cerca, casi todos los años voy dos veces al año a Salta. Siempre a comer empanadas de El Buen Gusto, El Bodegón y Roque García. El repulgue de las del Buen gusto es un poema – y siempre con mucha salsa picante”.

“Soy obsesivo”. Guido Tassi, el cocinero detrás del bodegón más premiado de la Argentina

Fuente: La Nación – Llevó a la perfección la elaboración de embutidos y de los platos más populares de nuestra gastronomía.

La trayectoria del cocinero Guido Tassi podría resumirse como un recorrido hacia la simpleza de las preparaciones y al origen de los productos. Con 44 años, 25 dedicados a la gastronomía, es uno de los dueños de El Preferido de Palermo y es el chef asesor de la parrilla Don Julio, dos restaurants que han recibido numerosas distinciones (estrellas Michelin incluidas).

La idea de que para tener calidad en un plato hay que empezar por la materia prima, Guido la entendió desde muy chico en el jardín de su casa de la infancia, en Burzaco. Ahí su mamá tenía una huerta donde cultivaba hierbas difíciles de conseguir, como la albahaca morada. “Mi mamá fue maestra y siempre hizo cursos de floricultura y botánica. De ella mamé el vínculo con la naturaleza y de mi papá con el asado”, recuerda Guido sentado en una de las mesas de la clásica esquina rosada de Borges y Guatemala.

La clásica esquina rosa de El Preferido de Palermo
La clásica esquina rosa de El Preferido de PalermoRodrigo Araoz

“Siempre me gustó cocinar. A los 11 años hacía pan y lo vendía en el barrio”, cuenta el chef, que estudió en The BUE Trainers y se recibió con el mejor promedio. Luego de varias prácticas entró en Restó, el restaurant francés que María Barrutia comandaba en la Sociedad Central de Arquitectos: “Ella me consiguió una pasantía con Michel Bras, en Laguiole, Francia, que era mi sueño”.

El estilo de Bras encajaba a la perfección con lo que Guido había aprendido en su casa. “Para Michel, igual que para mí, la cocina es una forma de expresar su conexión con la naturaleza – resume–. Fue un precursor. En los años 80, con la nouvelle cuisine, todo era muy rococó y él empezó a hablar de respetar los productos, a decir que no había que degradarlos ni manipularlos. Hoy tiene 77 años y sigue siendo una inspiración y un ejemplo a seguir”.

De regreso a Buenos Aires la carrera de Guido continuó a paso firme. A los 21 años ya era jefe de cocina y siguió en Restó por 17 años. Estudioso y meticuloso, a su fascinación por la huerta le siguió otra por los embutidos. “Yo soy obsesivo. Me gusta investigar y profundizar en temas asociados a la tradición, las elaboraciones artesanales y la naturaleza”, confiesa.

En la cocina del célebre chef francés Michel Bras
En la cocina del célebre chef francés Michel Brasgentileza

De este apasionamiento surgieron el libro Embutidos en Argentina y un llamado de Pablo Rivero, propietario de Don Julio, hoy su socio en El Preferido de Palermo. “Muchos me preguntaban qué hago en una parrilla. Pero la verdad es que yo siempre tuve un vínculo con el asado y me encanta. Por eso cuando Pablo me convocó para unirme a su equipo automáticamente le dije que sí. Lo que siento cuando entro a una parrilla no lo siento en ningún otro restaurant del mundo. Es lo que nos representa a los argentinos y es imposible abstraerse de ese sentimiento”, explica.

Cortes de carne asada acompañados de verduras de estación, embutidos caseros y platos clásicos de bodegón porteño, como milanesa de bife de chorizo, empanadas, tortilla de papas, fainá, pastel de papas, canelones, ravioles y helados artesanales son algunos de los platos que ofrecen en estos dos restaurants. “Nosotros hacemos cocina popular argentina de mucha calidad”, sintetiza Guido.

Junto a Pablo Rivero, Guido Tassi le dio una nueva impronta a "El Prefe"
Junto a Pablo Rivero, Guido Tassi le dio una nueva impronta a «El Prefe»Rodrigo Araoz

–¿Es fácil conseguir un buen producto?

–Es un trabajo de muchos años que requiere de un equipo. Yo lo aprendí primero con la huerta, y después yendo mucho al Mercado Central de Buenos Aires. Ahí se ve la disponibilidad de frutas y verduras en las distintas estaciones del año. En Don Julio profundizamos este aspecto y entramos en el proceso productivo. Nos asociamos con productores que siembran y cosechan las semillas que nosotros les damos. En lugar de armar la carta a partir de lo que hay disponible en el mercado, una temporada antes decidimos qué sembrar. Definimos la carta a partir de las semillas.

–¿Por qué les interesa partir desde la semilla?

–Por un lado, porque tenemos un control real de qué insumos se emplean en el campo y una trazabilidad que nos permite saber que los vegetales vienen de a menos de 100 kilómetros de nuestros restaurants, para que la huella de carbono sea la menor posible. Por otro lado, partir de la semilla es como trabajar en moda y poder diseñar las telas. Te da mayores posibilidades a la hora de pensar los platos y, además, ver todo el proceso de una verdura te hace entenderla de una manera diferente. Es muy distinto a que te llegue en un cajón.

–¿Tuviste alguna otra influencia marcada en tu carrera?

–Sí. Antes creía que la cocina era lo que definía a un restaurant, pero con los años, trabajando con Pablo Rivero, aprendí que el comensal es la prioridad. A veces los cocineros tenemos una visión sesgada, y pensamos únicamente en los platos y en la materia prima. Y la verdad es que el restaurant depende de los clientes, por eso la hospitalidad es lo más importante.

Los embutidos artesanales son una especialidad que obsesiona a Guido Tassi
Los embutidos artesanales son una especialidad que obsesiona a Guido TassiRodrigo Araoz

–¿Más que la cocina?

–La cocina es primordial, pero si la cocina es buena y el servicio es malo es muy difícil que regrese el comensal. Entender eso fue un cambio en mi carrera.

–Ahora sos un “restaurateur”. ¿Extrañas cocinar?

–Yo voy a ser cocinero toda mi vida. Tengo cabeza de cocinero y pienso como cocinero, pero completé mi formación asimilando la parte de servicio. Diseño las cartas junto con un equipo de cocina y a diario estoy pensando cómo mejorar los platos, qué variedad de tomates producir, qué técnica aplicar.

–¿Qué es lo que más te gusta de este trabajo?

–A mí me pone muy feliz el día a día. Hago lo que me gusta y no me aburre porque todos los días son diferentes. Me gusta recibir a los comensales y formar a los cocineros y cocineras que trabajan con nosotros. Tenemos una estructura muy grande y para que funcione hay que tener un equipo estable, capacitado y comprometido. Ese es mi desafío constante, además de buscar siempre la mejor calidad, que es lo que más me motiva.

–¿Qué virtudes tiene que tener un cocinero?

–La sensibilidad es muy importante pero también la regularidad. Puede ser muy sensible, pero si no tiene disciplina no alcanza. La constancia y el orden son muy importantes para un cocinero.

Junto a Pablo Rivero (centro) y todo el equipo de Don Julio
Junto a Pablo Rivero (centro) y todo el equipo de Don JulioMartin lucesole

–¿Tienen una casa de producción?

–Sí, ahí es donde maduramos la carne y donde se elaboran los helados, los embutidos, y el pan, entre otras cosas. Gran parte de las preparaciones nacen ahí. Queda acá en Palermo, a una cuadra de los restaurants [Don Julio y El Preferido de Palermo].

–¿No se cansan los extranjeros de comer carne desde que llegan hasta que se van?

–Yo no creo que se cansen de comer esta calidad de carne que no hay en otro lugar del mundo.

–¿Cómo te seguís formando como cocinero?

–Conociendo más los productos. Viajar es también una fuente de inspiración. Muchas veces visitamos a otros países representando a Don Julio. Esto nos permite cocinar en otras cocinas, visitar mercados y relacionarnos con colegas de todo el mundo.

–¿A dónde crees que se encuentra la vanguardia en la gastronomía hoy?

–Hoy es una prioridad reducir el impacto ambiental de lo que hacemos. Desde hace unos años Pablo [Rivero] viene impulsando proyectos de agricultura regenerativa, que muy resumidamente es un método de ganadería en el que los animales regeneran el suelo y capturan carbono de la atmosfera. Hoy hay muchos productores en Argentina que lo están haciendo.

"Hoy es una prioridad reducir el impacto ambiental de lo que hacemos", afirma Guido
«Hoy es una prioridad reducir el impacto ambiental de lo que hacemos», afirma GuidoRodrigo Araoz

–¿Estás trabajando en algún nuevo proyecto?

–Todavía no puedo contar mucho, pero estoy trabajando en un proyecto vinculado a la producción de alimentos, al primer eslabón de la cadena de un restaurant.

–Se dice que la gastronomía es muy sacrificada y difícil de complementar con la vida familiar

–Yo la disfruto mucho. Con mi mujer estamos juntos hace 24 años, desde que empecé, y nos fuimos adaptando. Para mí la prioridad es la familia: mis hijas y mi esposa. Ellas y mi profesión son mis dos pilares.

La enóloga que le puso algo más que burbujas al espumante

Fuente: Clarín – A los 33 años, Ana Paula Bartolucci es la nueva Chef de Cave de Chandon Argentina. Y es también la primera mujer en liderar la enología de la tradicional casa de espumantes a lo largo de los 64 años de historia que lleva en el país.

Nacida en San Martín, en el este mendocino, una zona de viñedos con una gran cultura vitivinícola, la relación de Ana Paula con el vino está presente desde chica.

“Mi familia está relacionada con la industria del vino a través de una empresa de comercio exterior, pero ninguno es enólogo. Cuando terminé la escuela secundaria, una de las opciones era estudiar enología.

Mi papá me dijo que si iba en serio, a través de un amigo suyo podía hacerme entrar en una bodega para que viera si me gustaba. Así pude conocer, estar en el laboratorio, ver toda la operatoria. Me di cuenta de que era lo que me gustaba, que el trabajo era muy dinámico, para nada rutinario. Era genial porque no tenía que estar detrás de un escritorio, así que empecé a estudiar en la Facultad Don Bosco y ahí terminé de enamorarme de la enología”, le cuenta a Viva.

Luego de los años de estudio y alguna pasantía en bodegas argentinas, viajó a Sudáfrica a hacer una temporada de enología y después a España:

“Trabajé en una bodega muy chiquita. El dueño me dejaba hacer y deshacer, y ahí encontré también una pata en la comunicación de los vinos, que me gusta mucho. Tenía la posibilidad de quedarme, pero debía la tesis para terminar la carrera, así que decidí volver para cerrar una etapa. Trabajé un año completo en una bodega del Valle de Uco y se abrió la posibilidad de entrar a Chandon”.Ana Paula Bartolucci en la cava de la Maison Chandon. / Gentileza.Ana Paula Bartolucci en la cava de la Maison Chandon. / Gentileza.

Con solo 27 años y poca experiencia en el mundo de las burbujas, luego de un largo proceso de selección, se sumó a un equipo consolidado liderado por el Chef de Cave Onofre Arcos.

“Creo que me eligieron porque, llegado un momento, las empresas necesitan gente que renueve la energía. Tener una cabeza más joven y ser mujer además, marcó el diferencial. Yo defiendo que uno siempre tiene que mostrarse y ser tal cual es”, dice.

Aprender de los maestros

Y agrega sobre sus comienzos laborales: “Onofre es una excelentísima persona. Hasta el día de hoy seguimos en contacto y eso me encanta. Nos tenemos cariño más allá de lo laboral. Es uno de los padres de la enología argentina. Yo, al principio, tenía muchos nervios. Sabiendo que él ya llevaba 40 años y le faltaba poco para jubilarse, le decía: ‘Onofre, tengo que aprender todo de vos antes de que te vayas’. Y él se reía.

Es un degustador superlativo. Muchas veces le preparaba degustaciones a ciegas para ver si podía engañarlo, pero sacaba tal cual lo que había servido en la copa. De Diego Ribbert, que fue quien sucedió a Onofre, también aprendí muchísimo. Es uno de mis mentores. Nos formó como equipo, con una mirada holística de todos los procesos de trabajo más allá de la enología en sí.

La parte técnica es clave y hay que aprender a tener visión para elegir la uva desde el viñedo, sobre todo porque en un espumante pasa mucho tiempo para ver el resultado de tu producto. Es un trabajo que se tiene que ir aprendiendo de alguien con experiencia”.

-¿Pensabas que ibas a llegar a ser la quinta Chef de Cave en tan corto tiempo?

-No, se dio muy rápido. Es una oportunidad única, una gran responsabilidad y un reconocimiento a las ganas que yo le pongo al trabajo, que ocupa una parte importante de mi vida. Me siento identificada con los vinos y la bodega. Diego se encargó de formarnos bien, es un equipo sólido y el reflejo es que no haya venido nadie externo.Ana Paula Bartolucci. / Gentileza.Ana Paula Bartolucci. / Gentileza.

-¿Cuál es el mayor desafío que te planteás?

-Mantener la personalidad y la calidad de los productos. El sello marca Chandon, que tiene estándares muy altos de calidad, es el principal desafío. Es continuar el legado de lo que venimos haciendo hace años. Desde lo personal, también tengo el objetivo de desarrollar la comunicación, mostrar todavía más lo que hacemos. Contar que se puede maridar toda una comida con espumante.

A lo mejor, mucha gente desconoce que se puede acompañar una carne con un espumante. Comunicar esa experiencia que nosotros hacemos en el restaurante de la bodega. Y también vamos a seguir con las innovaciones.

-Hablando de innovaciones, uno de los productos que llevaste adelante fue Apéritif, que tuvo gran repercusión en la Argentina y también en el mercado exterior. ¿Cómo fue el desarrollo de un espumante que no tenía antecedentes?

-Apenas entré empieza ese desarrollo. Fue algo disruptivo. Como yo era la más joven del equipo, andaba investigando por los bares cuáles eran las tendencias y en ese momento fue el boom de los spritz, que, más allá del dulzor, tienen en común el amargo. El desafío fue cómo desarrollar un espumante que tuviera esas características. Probamos con limones, pomelos, hasta que nos quedamos con las naranjas.

Hicimos distintas recetas y muchas cosas quedaron en el camino. Lo fundamental era la calidad, por eso todos los ingredientes que utilizamos son naturales. No compramos esencia, controlamos la materia prima. Ahora tenemos dos vendimias al año, la de la uva y la de las naranjas.

Que tuviera ese impacto a nivel mundial, que se conoce con el nombre de Chandon Garden Spritz, para nosotros es el reconocimiento que tanto anhelábamos. Francia es el tercer consumidor del Apéritif. Con la tradición del champagne que tienen ellos, es súper gratificante.

-Ustedes tienen los viñedos y la bodega en Mendoza, ¿qué otra zona de la Argentina te interesaría trabajar?

-Lo primero que se me viene a la cabeza es el Sur; todos los vinos son hermosos, pero los de allá son diferentes; probás algo de esa región y te das cuenta de que son distintos.Ana Paula Bartolucci. / Gentileza.Ana Paula Bartolucci. / Gentileza.

-Recién comenzás esta etapa, pero ¿qué legado que te gustaría dejar?

-Más allá de la parte técnica, en la que uno puede permitirse algunos caprichos o ediciones limitadas, yo quiero enfocarme más en la parte humana. Transmitir los valores que nos dejó Diego, de formarnos y tener otra visión de las cosas. Pararte a mirar lo que está pasando, armar equipos.

-En tu tiempo libre, ¿qué actividades te gustan hacer y cuál es tu cable a tierra?

-Mi cable a tierra es mi hijo Milo, de casi dos años; trato de estar con él todo el tiempo por fuera de mi trabajo. Y también me gusta correr por la montaña, es muy de los mendocinos andar por los senderos, escalar cerritos y estar en contacto con la naturaleza.

Tomás Treschanski: “No me gusta limitarme”

Fuente: Perfil – El joven prodigio de la nueva gastronomía porteña, ganó la estrella al Young Chef y su restaurante Trescha recibió una estrella Michelin.

Cuando, a principios de 2022, Tomás Treschanski abrió su restaurante en Buenos Aires, nadie había escuchado su nombre. Trescha, así lo llamó, era una apuesta fuerte. Un restaurante de alta gastronomía con una sofisticada test kitchen (cocina de pruebas), una barra para diez comensales y una propuesta de varios pasos con maridajes caros, en un momento en que el fine dining parecía estar borrándose del mapa porteño, de la mano de una economía agonizante. Tomás se plantó y dijo: “se puede, hay público para todo”. Y no se equivocó. En el reparto de condecoraciones de la guía Michelin, Trescha se llevó una estrella – el único restaurante de Buenos Aires, además del afamado Don Julio- y Tomás personalmente ganó la estrella al Young Chef (Chef Joven), un premio que nadie sabía que otorgarían. 

Noticias: ¿Cómo fue volver a entrar a Trescha con las dos estrellas? ¿Cuál fue la reacción del equipo?

Tomás Treschanski: Es un sueño cumplido, definitivamente. A las cuatro horas del anuncio ya se nos había llenado todo el restaurant por dos meses. Tenemos lista de espera todos los días. Pasamos de tener que invitar amigos para que no quede el salón tan vacío, a tener que decirle a la gente que no hay lugar. Somos un equipo de 25 personas, la mayoría están desde la apertura, y abrir un restaurante implica mucho trabajo y sacrificio, así que las estrellas fueron un mimo muy lindo y una motivación muy grande para seguir trabajando.

Noticias: ¿Cómo fue su recorrido en la gastronomía hasta llegar a Trescha, su primer restaurante?

Treschanski: Terminé el secundario a los 17 y me fui a estudiar afuera, en el Cordon Bleu de Londres. Después estuve por toda Europa haciendo stages y trabajando en restaurantes con dos o tres estrellas Michelin. Barrafina y Fat Duck, en Londres, de ahí me fui a España a Azurmendi, después a Dinamarca, a 108, que era como el hermanito de Noma, que cerró, después estuve en Frantzén en Suecia y por último en Boragó en Chile, que era el único que no tenía estrella. En total estuve 6 años y medio afuera y, volví con cientos de miles de ideas sobre lo que a mí me gustaría vivir cuando estoy del otro lado, como comensal. En Europa toda la plata que ahorraba trabajando me la gastaba yendo a restaurantes de alta gastronomía.

Noticias: Cuéntenos algunas de esas ideas ¿cómo es Trescha?

Treschanski: Todos los que trabajamos tenemos el mismo protagonismo: los cocineros, los sommeliers, la gente de barra. Los propios cocineros sirven y explican los platos en los que trabajaron, los terminamos frente al comensal. Los sommeliers hacen todo el servicio de frente, no es de atrás, para mí era muy importante que los vinos y el maridaje tengan un protagonismo. Es un servicio que se genera 100% dentro de la cocina, de hecho el 90% del espacio del restaurante es una cocina. El salón tiene 10 metros cuadrados. El enfoque siempre fue ése, tener mucho espacio para desarrollar lo que hacemos y que después la gente venga a probarlo.

Noticias: ¿Y qué hacen en la test kitchen?

Treschanski: Es un espacio para darle espacio al error. Buscamos equivocarnos, trabajar sin límites y sin fronteras hasta obtener finalmente resultados positivos en los platos finales. Hacemos algunos “experimentos” relacionados con la cocina antigua, como los fermentos, y otros con la tecnología. Tenemos una centrifugadora, que separa los sólidos de los líquidos; y una roto evaporadora, que es básicamente una aspiradora, que te permite extraer aromas de cualquier ingrediente que está infusionado en un alcohol y poder extraer el aroma sin perder las características vitales del producto.

Noticias: ¿Cómo definiría su cocina? ¿Cuáles son sus influencias?

Treschanski: A mí no me gusta limitarme y decir ni qué hago cocina italiana, ni española, ni francesa. Nosotros tenemos nuestra propia identidad, nuestra propia cocina que solo se puede comer acá en Trescha y en ningún otro lugar. Te puede gustar más o menos, pero nuestro objetivo siempre es que tenga una personalidad marcada. Sí desde lo técnico tiene una base francesa, con algo nórdico, algo asiático. Obviamente la idea es que el menú tenga un hilo conductor y algo que contar atrás pero hay algo de trabajar con lo que se nos ocurra que a mí me resulta muy interesante. 

Noticias: ¿Siente que Trescha cuenta algo de la identidad de la cocina argentina?

Treschanski: No hacemos comida argentina pero sí somos un restaurante de producto argentino. El 99% de todos los productos con los que trabajamos son de acá y hoy, desde que arrancamos a trabajar, ya trabajamos con 430 productores argentinos, así que hay un esfuerzo bastante importante para poder mostrar el producto que tenemos el país, que es muy bueno. Lo que nos falta es el transporte y los medios para distribuirlo. 

Noticias: ¿Cómo es el menú de Trescha?  

Treschanski: Son 14 pasos,  hay un movimiento constante en el menú. Hay snacks, platos más chicos, platos más grandes, platos fríos, platos calientes, platos que mezclan temperaturas. La idea es que el menú sea algo lúdico, que salga del esquema tradicional de entrada, plato principal y postre, un orden que no deja de ser un concepto social que yo creo que está bueno romper ese paradigma. Ahora por ejemplo vamos a abrir con un snack que va a ser un helado… salado. 

Noticias: ¿Qué producto o qué técnica es su favorita de este momento? 

Treschanski: Soy muy ansioso y me gusta cambiar bastante entonces siempre el último ese para mí es el mejor. El último que pusimos en la carta es una lengua con chimichurri, alimentado como si fuera un mole, entonces va cambiando sabor semana a semana. Es un plato con un arraigo bastante fuerte con Argentina. 

Noticias: ¿Qué experiencia en Europa fue una bisagra en su manera de pensar en la gastronomía? 

Treschanski: Siento que lo más importante que aprendí no fue tanto a cocinar, porque creo que cocinar es algo muy propio, sino una metodología de trabajo. Cuando empecé a trabajar en los países nórdicos en Suecia y en Dinamarca me encontré con un mundo donde la disciplina y la exigencia no es el resultado del maltrato o el grito, eso que se conoce como “la vieja escuela”. Ahí te hacen entender de una manera mucho más clara y más concisa. También le dan espacio y tiempo a tu vida, a que tengas hobbies, a que puedas descansar. Yo ahí descubrí lo que era tener tres francos y trabajar cuatro días, cuando venía a trabajar seis días por semana. Y eso es algo que quise replicar en Trescha. Yo ahí aprendí que cuando más descansado estás rendís mejor, y que un buen ambiente de trabajo se refleja después en el resultado final

Noticias: ¿Cómo se empezó a conectar? 

Treschanski: Cuando llegué no conocía a nadie, a ningún colega. Por suerte me encontré con un grupo de gastronómicos muy abiertos y dispuestos a sumarme muy rápido a su grupo y al ambiente. Los que más me ayudaron al principio fueron Mariano Ramón de Dabbang, Alex Feraud de Alo’s, Pedro Bargero de Chila. En realidad todos, pero ellos fueron los primeros. 

Noticias: ¿Por qué apostar a un restaurante de fine dining cuando aquí cada vez había menos propuestas de ese estilo?

Treschanski: Para mí el fine dining es ante todo cocina de autor, es cuando un chef plasma su personalidad o su identidad en una cocina. Y eso no se va a perder nunca. Los platitos que hoy están de moda no dejan de ser un “viví tu propio menú degustación”, la única diferencia es que compartís los platos.

Noticias: ¿Sintió la diferencia en el modo de trabajo de las cocinas en Argentina?

Treschanski: Siento que hay muchas cosas que son definitivamente diferentes, sobre todo el método de trabajo. Yo trabajo como trabajé siempre en los restaurantes que estuve y la idea fue implementarlo acá. No sé cuántos restaurantes trabajan acá con el sistema de brigada de Escoffier, de jefe de cocina, sous chef, jefes de partida, comises, runners, y es el sistema que usamos en Trescha. Cuanto más ordenado y más claro está cada rol es mucho más fácil la ejecución. 

Noticias: ¿Qué aprendió en el año desde que abrió hasta ahora? 

Treschanski: Es la primera vez que soy dueño de un restaurante, así que es mucho lo que estoy aprendiendo. El desafío de liderar un equipo en un país nuevo en el que nunca había trabajado, contactarse con todos los proveedores, las dificultades económicas del país, un montón de situaciones propias de Argentina que hay que ir resolviendo día a día. Pero hay algo muy característico del argentino, eso de tapar con un parche, ir resolviendo y tirar para adelante. Eso en Europa no se consigue y por suerte no lo perdí.

Café Cabrales: cómo cambiar sin perder la mística familiar: «entre nosotros el apellido genera más obligaciones que derechos»

Fuente: Clarín – Desde Mar del Plata provee, entre otros, a McDonald’s. «No hacemos locuras», dice Martín Cabrales, su presidente.

En 1926, con 18 años, Antonio Cabrales abandonó Asturias y se embarcó hacia la Argentina.

En Buenos Aires comenzó a trabajar en “Al Grano de Café”, una firma en el centro porteño, elaboradora, importadora y exportadora de café, té y otros productos. Al tiempo, la empresa lo envió como encargado de su sucursal en Mar del Plata. Allí se quedaría para siempre.

Con el oficio aprendido y mientras fundaba una familia marplatense, en 1941 Antonio se convirtió en emprendedor: abrió un local en Rivadavia casi Independencia, que bautizó La Planta de Café. Allí vendían café tostado y molido a la vista a clientes particulares, junto con otros productos importados. Pero el objetivo principal era atender hoteles, confiterías y restaurantes, es decir, el mercado “de pocillo”, o canal Horeca, como se denomina hoy.

Sus hijos Antonio “Quique”, Jorge y José Manuel “Coco”, se fueron sumando al negocio en los ’60. “Éramos una familia muy unida, y el café estaba siempre presente”, recuerda hoy Martín Cabrales, hijo mayor de Quique y actual presidente de la compañía. “Yo nací en 1962 y me acuerdo de chicos jugar con mis hermanos a trepar las pilas de bolsas de arpillera de café verde de 60 kilos. El café era el tema en la familia”.

El emprendimiento se convirtió en una empresa familiar y comenzó a expandirse. En 1965, en una Mar del Plata más grande y populosa, la familia compró un terreno en la calle Talcahuano al 600, para armar un depósito. Allí envasarían el té en hebras Tellevo y el té en saquitos Big Ben, y también emplazarían la máquina de torrado (un proceso de tostado con agregado de azúcar que permite suavizar defectos y estirar la vida útil del café. En la Argentina es el más consumido en los hogares).

Así, a la venta de café tostado y molido a la vista sumaron, con la marca La Planta de Café, el torrado en un envase dorado y con logo. “Fue una idea de mi padre, que tenía un gran sentido comercial. Mi tío Jorge manejaba la venta a los locales gastronómicos, y Coco los supermercados”, cuenta Martín Cabrales. “Pero la cabeza era papá”.Antonio Cabrales inició la compañía en 1941. Antonio Cabrales inició la compañía en 1941.

A principio de los ’80 la familia había tomado otra decisión trascendente: darle su apellido a la empresa, Cabrales S.A., aprovechando que así se la conocía en los restaurantes, bares y confiterías.

Quique captó las posibilidades de expansión que abrían los incipientes supermercados, con su sistema de autoservicio en grandes superficies, formato que empezó a difundirse en el país en los ’60 (El Hogar Obrero, los Minimax del grupo Rockefeller, Tanti, Norte y Gigante), y que desde mediados de los ’80 y en los ’90 tendría su apogeo, de la mano de los hipermercados de las cadenas internacionales.

“Primero crecimos hacia el sur del país, con un local en Ushuaia. Después vinimos a Capital Federal con una oficinita. El supermercadismo empezaba un desarrollo muy fuerte, y nos subimos a ese crecimiento. Disco, Jumbo, Norte y Carrefour nos ayudaron mucho”, cuenta Martín Cabrales. Gracias a los supermercados, La Planta de Café se convirtió en el caballito de batalla de la empresa, empujado por la publicidad en los medios masivos, con el jingle Arriba Cabrales, cantado por Julia Zenko, sonando en todas las radios a mediados de los ’90.

Como algunos supermercados eran regionales, la empresa pudo aprovechar para vender en Uruguay, Chile y Paraguay. “Fuimos abriendo mercados de a poco. Las posibilidades se dan porque estás todo el día en el tema. No fue que hicimos un estudio de mercado, mucho fue prueba y error”.

Con la tercera generación a cargo de la compañía, la marca encaró otra innovación: lanzó el primer café tostado para consumo hogareño, con la marca Cabrales. “Hasta ese momento, el tostado sólo se encontraba en los bares. Nosotros lo pusimos en las góndolas, con la certificación de Colombia de Juan Valdez”. Luego siguieron con Brasil, Perú, Costa Rica y otros. “Hicimos toda una línea de tostados certificados por el país de origen”.

De la familia a la empresa profesional

Desde el comienzo, la empresa también importó marcas internacionales, que hoy ofrece en sus cinco locales en Mar del Plata, dos en Buenos Aires y uno en La Plata. “Mi abuelo trajo el cognac Osborne”, dice Martín. En los ’90 fueron representantes, entre otras marcas, de Jack Daniel’s, Vat 69, Dewars y Budweiser: “Fuimos los primeros en traer la cerveza en lata”.También trajeron las conservas españolas Albo, el té inglés Twinings, las pastas Cipriani y Barilla, los edulcorantes Splenda, los filtros Melitta, las especias McCormick y otras. Lo importado puede conformar el 15% de las ventas de la compañía, pero con altibajos que dependen de la época y la política nacional.

Desde el local inaugurado por Antonio hasta la sociedad anónima actual, Cabrales pasó por diferentes etapas. “Con mis hermanos iniciamos un proceso de profesionalización”, explica Martín. Para eso, manteniendo la mística de la empresa familiar, desarrollaron con el IAE (Instituto Argentino de la Empresa) un protocolo que establece las reglas de participación de los familiares y parientes políticos “antes de que empiecen los problemas”. Los socios acuerdan las reglas de incorporación al trabajo, las remuneraciones y vacaciones, entre otras cosas. “Se trata todo el tema familiar, se lo detalla en un protocolo y, si bien no tiene fuerza de ley, se lo respeta de esa manera”.

Ahora les toca ver cómo se incorpora la cuarta generación. «Ya está mi sobrino Manuel, pero debemos profesionalizar todas las gerencias”, dice Martín. Los accionistas son los miembros de la familia. “Algunos integran el directorio y otros no tienen obligación de estar en la empresa, cada uno elige su destino. Para ocupar un rol gerencial hay que ser un profesional capacitado. Es decir, la portación de apellido genera más obligaciones que derechos y, para ocupar una gerencia, un Cabrales tiene que estar más profesionalizado o especializado que un tercero”.El local de La Planta de Café en Mar del Plata.El local de La Planta de Café en Mar del Plata.

En el mundo, el café es la bebida más consumida después del agua, dice Cabrales. En la Argentina, si bien el café y los bares pueblan el imaginario porteño, no hay un alto consumo. “Aquí está muy impregnado en la cultura, en lo porteño, en el encuentro con amigos. Y entonces se supone que el consumo es mayor de lo que en realidad es”. El café se toma en las grandes ciudades, dice, pero a nivel país apenas roza el kilo por persona al año, contra cerca de 11 kilos de los países nórdicos.

Aunque el mate le saca varias cabezas (se consumen unos 6 kilos anuales de yerba por persona), para Cabrales no es la única competencia. “Antes el café competía solamente contra el mate, que tiene la ventaja de tener materia prima nacional. Cuando eramos chicos a la mañana nos daban café con leche con pan y manteca. Ahora son cereales, lácteos, jugos, y también el té… Contra todo eso compite el café”.

Que, entonces, debió aggiornarse. Al público joven había que captarlo. Así nacieron las cadenas y el café de especialidad. “La tendencia a degustar el café es muy buena para nosotros, porque nos empuja a estar cada vez más arriba en calidad, a ofrecer distintos blends. Y obliga también a nuestros clientes a dar una buena bebida”.

Y agrega: «Hay que trabajar en los nichos, saber leer al consumidor y aprender lo que quiere y necesita. A mayor grado de crisis, el que sufre más suele ser el consumo del medio. Tenés que ver las necesidades de cada consumidor. Una cualidad nuestra es tener en góndola todas las variedades, para distintos bolsillos».

En esa tendencia, la empresa lanzó“Familia Cabrales”, una línea de café de especialidad o de autor. “Empezamos ahora porque trajimos a Mar del Plata Mumac Academy, la primera academia de café de Sudamérica, del grupo Cimbali. Somos representantes de sus máquinas, que son las mejores del mundo”.La planta de Cabrales en los primeros años de la compañía.La planta de Cabrales en los primeros años de la compañía.

La academia apunta a un público diverso. Consumidores que quieren profundizar sus conocimientos, gente que busca una salida laboral como barista, o que planea viajar y quiere la certificación que les permita preparar café en cualquier ciudad del mundo, aficionados gourmet. “Arrancamos hace poco más de un mes con nuestros clientes en Mar del Plata. Se empieza de cero, la molienda, el grano crudo, la preparación, la bebida lista para consumir. Requiere de toda una práctica”.

A diferencia de otras bebidas, el café no solo depende de un buen producto de origen, sino también de la preparación. Incluso la humedad del día puede impedir un grado de molienda perfecto. “Es decisivo el resultado final. En una comida, el café es lo último, por eso es importante que esté bien”.

Para acompañar la exigencia, la empresa formó un equipo de apoyo para sus clientes de hoteles, restaurantes y bares. Un coffee master capacita a quienes lo piden, y una decena de maestros cafeteros recorre la calle. “Chequean cómo sale el café en los distintos locales, le enseñan al que trabaja en la máquina cómo va la taza, cómo tiene que ser la molienda, la temperatura…”.

Para ubicarse mejor frente a la competencia, Cabrales también desarrolló distintos productos, algunos asociados con grandes empresas. Una fue Philips: “Con ellos desarrollamos Senseo, una cápsula grande y redonda con papel filtrante para unas máquinas de Philips que ya no se fabrican. Pero nosotros seguimos haciendo la cápsula, hasta que se rompa la última máquina”, dice Martín Cabrales.Café Cabrales. La sede de Mumac Academy, donde se forman los maestros cafeteros.Café Cabrales. La sede de Mumac Academy, donde se forman los maestros cafeteros.

Otra asociación estratégica es con La Serenísima: “El café líquido Sense, en cappuccino, caramel y macchiato, se elabora con nuestro café. Y desarrollamos la cápsula de café cortado con leche de La Serenísima”. La láctea de Mastellone también lanzó hace poco la Leche Barista, que Cabrales distribuye entre sus clientes: “Es especial para cafés y bares, con otra densidad para la espuma”.

La secuencia suma el azúcar blanca refinada (y rubia cuando consigue), que compra a distintos ingenios. “Distribuimos 120 toneladas por mes a nuestros clientes. En Mar del Plata tenemos las máquinas para el fraccionamiento y envasado en sobrecitos”. A razón de cinco gramos por unidad, son nada menos que 24 millones de sobrecitos mensuales.

Finalmente, hace dos meses lanzaron la marca de edulcorantes Liv, en tres variantes: tradicional, de sucralosa y de stevia.

También fueron los primeros en traer al país las cápsulas compatibles con Nespresso, y en desarrollarlas en la Argentina, igual que las de Dolce Gusto. “Es un mercado chico que crece”, dice Cabrales.

«Somos una empresa dirigida con austeridad. La familia es accionista y nunca estuvimos ni en convocatoria ni en quiebra. Invertimos, pero no hacemos locuras. Hace poco inauguramos oficinas en Palermo; mejoramos el local de Alberti y Güemes, en Mar del Plata, donde vivió el retratista Richard Hall y tenemos un espacio de arte; hicimos la Academia de Café; compramos máquinas… Pero no hacemos cosas fantasiosas, están más o menos de acuerdo con nuestro volumen de ventas y capacidad de endeudamiento», explica Cabrales.

El mercado del café en la Argentina

Según Cabrales, el mercado de café en la Argentina es de unos 42 millones de kilos al año. En valor, y redondeando, la mitad correspondería al consumo doméstico (venta en supermercados, chinos y almacenes), que lidera el café torrado. La otra mitad es el canal de hoteles, restaurantes y bares, que es todo de café tostado.

La variedad principal para consumo doméstico es el torrado, segmento que lidera La Virginia, mientras que Cabrales es el primero en tostados. En café instantáneo, el número uno es Nestlé. La oferta se completa con las cápsulas y los saquitos.

¿Les preocupa que se abra el mercado y llegue algún competidor importante?

-Que yo vea, no. Puede venir alguno y comprar otra empresa, pero no vino nadie en los últimos 30 años, somos siempre los mismos. Nestlé, La Virginia, son marcas que están hace mucho.

En el canal Horeca, con mucha competencia informal, Cabrales es el principal con un 23% de participación, con clientes grandes como McDonald´s, Havanna, Brioche Dorée, La Fonte D’Oro, Dandy y La Parolaccia, además de cadenas de hoteles.

Martín Cabrales cuenta algo contraintuitivo y lógico a la vez: que uno de sus clientes más exigentes es McDonald’s. “El café que nosotros comercializamos con McDonald’s tiene una de las certificaciones más complejas, que es la Rainforest Alliance”.

Identificada con el logo de una ranita, esta organización internacional, con proyectos de agricultura sustentable en 70 países, certifica (en este caso) que el café se cultiva y cosecha en fincas y bosques que siguen prácticas sustentables. Aunque la comida rápida no se suele asociar a la calidad, las compañías multinacionales están sometidas a exigencias mayores que las demás empresas.Martín CabralesMartín Cabrales

Contra la idea de que las importaciones no agregan valor, Martín Cabrales remarca la industrialización que realiza su empresa. “El café verde, crudo, es un commodity que la Argentina no produce y que cotiza en la Bolsa Nueva York. Nosotros importamos (de Brasil, Colombia, Perú, Costa Rica) un commodity y lo descommoditizamos, le ponemos valor agregado”. En ese agregado de valor se cuenta el tostado, el molido, el envasado con distintas tecnologías, las marcas y las distintas certificaciones (desde las normas ISO hasta HACCP, sin TACC, Kosher y Rainforest Alliance), algunas de ellas indispensables para exportar. “Italia también importa café, y a nadie se le ocurriría cuestionar el valor de la industria italiana del café”, sostiene.

¿Tuvieron algún golpe duro en los casi 82 años de historia?

-Hubo errores, millones. Pero creo que hay que hablar de aprendizajes. Siempre lanzás productos al mercado; si no se venden, los cambiás. Así es la vida del comercio. Por otro lado, el café es un producto que se paga en dólares, y cuando hay devaluación repercute directamente. Para nosotros lo más importante es pagar a nuestros proveedores, por eso ganamos prestigio y buen crédito. Primero pagamos a los proveedores, a nuestro personal, los impuestos y en último lugar estamos nosotros.

¿En algún momento la empresa estuvo en venta?

-Mi padre tuvo muchos ofrecimientos de compra, algunos hipermillonarios, sobre todo en los ´90. Luego, nosotros también, pero nunca se nos ocurrió vender, ni a mi padre, ni a mí, ni a mis hermanos. Yo me siento un custodio de la marca, la tengo que cuidar, es mi apellido.